Hace mucho tiempo, mi hermano Néstor me sugirió la idea de que todas las personas deberían tener una licencia para caminar en las calles o algo similar. Por supuesto, me llamó mucho la atención su propuesta, sobre todo por lo extravagante que parece a primera vista, por las implicaciones de "control" y en cierta medida "fascistas" de otorgar licencias para caminar, respirar y hasta suspirar... en fin, por la difícil que sería poner en práctica esa idea en una sociedad como la nuestra (país en vías de sub-desarrollo, etc.).
En nuestra discusión le había recordado la anécdota que algún anónimo amigo me contara (veraz o no) del caso chileno. Muy ufanos algunos de ellos cuentan que los peatones chilenos son tan respetuosos de las normas que solamente cruzan las calles por la "piel de cebra" o paso peatonal pintado en las calles (queda implícita la idea de que todas las calles tiene claramente marcado dicho paso peatonal!), ante mi asombro, me contaba también que la manera en que se había logrado dicho adelanto civilizatorio era a través de la asistencia de la fuerza pública (policía), así, cada vez que algún despistado y/o irresponsable peatón pretendía cruzar la calle por otro lugar que el permitido, un agente usaba el tolete y castigaba ahí mismo y sin preámbulos al osado ciudadano, seguramente a muchos nos habría bastado ver un par de veces semejante escena para que por ningún motivo olvidáramos la regla.
Como a muchos me gusta la idea de que todas las personas puedan desenvolver sus actividades sin molestar a otros y entiendo que las reglas deberían servir para ordenar las acciones y evitar que por cualquier motivo unos avasallen los derechos de otros. Pero también pensaba que si el precio a pagar por ese "orden" fueran los varios golpes de los agentes de la policía, prefería el estado semi-salvaje, semi-anárquico y/o subdesarrollado en que estamos todavía sumidos.
Sin embargo, la idea de mi hermano tenía que ver con la existencia de serios problemas de relación entre peatones, entre peatones y vehículos y que luego yo extrapolo a las relaciones sociales en general, a las ideas subyacentes sobre los derechos y obligaciones de los demás. Pero vamos por partes.
Dejando de lado los aspectos “estructurales” del problema, así como las respectivas soluciones estructurales (Cualquiera que conozca Cochabamba o muchas de las ciudades bolivianas o muchos “centros históricos”, sabrá que las aceras (veredas, banquetas) son demasiado estrechas para el flujos – muchas veces voluminoso – de peatones y que una posible solución pasaría por invertir en la construcción de aceras más amplias (ya sea reduciendo el ancho de las calles, convirtiéndolas en peatonales, o bien reduciendo los predios, ampliando la rasante). De todas formas, esta posible solución estructural solamente sería parcial, como se explica más adelante.) quisiera concentrarme en el asunto más bien individual, o micro.
1.- Típico caso del encuentro de peatones y baile consecuente: dos peatones en una acera relativamente vacía y amplia (imaginemos que existen dos carriles por los que pueden circular los peatones), se encuentran de frente. Las razones, el uno más distraído que el otro, o bien, ambos decididos a permanecer en su carril esperando que sea el otro el que cambie de carril (Existen algunas normas informales que en algunas ocasiones se cumplen: a) ceder el paso según una “jerarquía” definida por el grado de capacidad, así, se asume que un adulto de edad media es más capaz que un anciano y/o un niño, entonces, el adulto joven debería ceder el paso; b una racionalidad conservadora plantearía que el “valor” de una persona estaría dado simplemente con la edad, por tanto, tendría preferencia de paso el que más edad aparente; c) otra racionalidad de tipo romántica, establece que el paso preferente es para las damas, y probablemente más preferentemente aún para las damas más hermosas, es más, las reglas de urbanidad en tal respecto pedían que la dama caminara del lado derecho del varón, para que – en caso de peligro - éste pudiera sacar rápida y fácilmente la defensora espada y así proteger el preciado tesoro, por otro lado, la costumbre de ceder a las damas el lado de los muros y que el varón se mantenga del lado de la calle parece reflejar la lógica de protección (contra los vehículos o en todo caso, que la dama disfrute de la sombra de los muros, etc.), y tiene su origen en la época medieval (¿?) en que desde los altos arrojaban las aguas servidas y el varón evitaba que dichas aguas alcancen a la dama d) finalmente desde una racionalidad clasista, bastante común en sociedades con estructuras coloniales, la preferencia de paso la tendría el más poderoso, de hecho, relata Arnade el caso de los soberbios oidores que ante su paso por las calzadas de Charchas, todos los demás peatones debían no solamente ceder el paso, sino bajarse de ella; tal parece que es justamente la lógica del poder (la ley del más fuerte) la que sigue imperando hoy día.); como sea, a veces se da la cómica situación en que ambos se mueven simultánea y alternativamente a un lado y al otro y visto de lejos parecería que ambos están en un extraño baile.
2.- Típico caso de una vereda con n carriles y n personas caminado por él, por ejemplo, en una vereda con dos carriles, dos peatones conversan amenamente, a veces discuten o nada, pero sencillamente se han olvidad que existen los “otros”, ya sea que por el frente o desde atrás y con paso más rápido pretenden seguir su camino. Casi siempre sucede que deben los tres encontrarse y detenerse para que – según el respectivo humor - se resuelva el problema, ya sea que el equipo de dos que caminar codo a codo decida formarse uno detrás del otro y así “liberar” un carril para que pase el que viene de frente, otras veces, inmutables el dúo estático a duras penas y hasta con cierto aire generoso logra abrir “medio carril” para que pueda pasar el tercero. No falta el apurado que ante la velocidad del dúo estático, debe dar algún ágil salto a la calle para volver a ganar la acera algunos pasos después, el que viene detrás del dúo, a veces intenta un “permiso por favor” entre tímido y dubitativo debe esperar todavía media cuadra para que lo escuchen y respondan sus casi-súplicas, no faltará en agresivo que grite “¡paso!” y deje fluir un halo de violencia que – por supuesto – podría llevar a discusiones, gritos, peleas, en fin.
3.- Típico caso del apurado, que está sumamente atrasado para alguna cita, reunión o tarea. ¿Responsable?, ¿Irresponsable?, como quiera que sea, está tan apurado que no tiene paciencia y camina empujando a los demás, abriéndose paso a toda costa. El ejecutivo exitoso cree que solamente él trabaja y no le alcanza el tiempo se lamenta por vivir en una sociedad de tortugas que no tienen nada que hacer y vagan por las calles prácticamente bloqueándolas. Con pasos agigantados devora distancias sin importarle los derechos de los demás, solamente importa su tiempo. Típica actitud egoísta.
4.- Típico caso del distraído, errante, vagabundo, turista, paseante. Tiene todo el tiempo del mundo y camina con pasos cortos, inciertos, impredecibles, variables y sobre todo, lentos. Probablemente es alguien que espera a otro (el apurado), es alguien que hoy no tiene nada que hacer (mañana será el apurado), o finalmente es alguien que “busca algo y no sabe qué” o bien “busca algo y estaba por ahí pero ya no está”. Como quiera que sea, lo errático de sus pasos le hace a) variar la velocidad al caminar, b) cambiar de carril inesperadamente y c) adoptar cursos inesperados, lo que termina por convertirlo en un verdadero obstáculo para los otros. Todo empeora cuando el distraído no tiene ni el más remoto interés en darse cuenta que existen “otros” (en especial los apurados) que deben realizar maniobras in/desesperadas y a veces por demás atléticas para evitar golpearlo. Peor aún, como el apurado, él también piensa que los demás (sobre todo los apurados) son los torpes y que se encuentran esclavizados por el tiempo, que no saben administrarlo que todos se equivocan, excepto él. Típica actitud egoísta.
5.- Típico caso del “portador”, que lleva en el mejor de los casos, mil bolsas y un par de niños y que apenas puede moverse, menos aún ponerse de perfil. En tal caso no queda más que ser tolerantes y en lo posible facilitar el tránsito de esas personas. En el peor de los casos es alguien que apenas lleva un bolso, o cualquier otro objeto que pudiendo ser acomodado de tal manera que no estorbe a otros transeúntes, es justamente colocado y/o manipulado como para ocupar al menos medio carril más. El lector recordará alguna vez haber visto alguna dama muy oronda con el enorme bolso bajo el brazo en una angosta vereda, o algún malabar con una caja bajo el brazo, de tal suerte que logran bloquear la vereda en toda su amplitud. Otra escena es la del paraguas, cuyo portador se preocupa en usarlo bien para su propio beneficio sin importar que golpee a otros peatones, que además de la lluvia y deben cuidarse de los paraguas.
Pero, como ya lo he sugerido, lo peor no es que el típico caso se presente si no más bien la reacción de los peatones: indiferencia, indolencia, negligencia total. Cuando algunos por casualidad se dan cuenta de su contribución al caos, apenas pueden reaccionar diciendo 1.- La Alcaldía debería hacer veredas más amplias (culpa a las estructuras), 2.- La culpa es de los apurados / lentos / distraídos (culpan a otros), 3.- ¿De eso se molesta?, ¿qué le cuesta bajarse de la vereda, hacerse a un lado? (la responsabilidad es de los otros) ¿y por qué no podría él mismo, bajarse, hacerse a un lado?, claro, cado uno siente que tiene privilegios respecto del otro, que “merece la preferencia de paso”. El colmo del asunto llega cuando el “otro” que “sospecha” que sus derechos han sido atropellados, pretende reclamarlos y solamente recibe una respuesta airada. Es decir, me ha tocado ver situaciones en que aquél que comete la falta, ni siquiera siente un poco de vergüenza, no lamenta para nada su conducta y no siente que debería pedir disculpas. Al contrario, se siente ultrajado y está dispuesto a devolver el golpe en la misma o mayor intensidad. Es sin duda, ¡el colmo!
Y uno podría preguntarse ¿para qué discutir?, ¿para qué siquiera tomarse la molestia de llamar la atención al que ha incurrido en la falta?, ¿existe acaso algún beneficio? La respuesta es si. Creo, estoy seguro, que en la medida en que seamos capaces de identificar las faltas de los demás y sobre todo nuestras propias faltas, sin necesidad de insultar o ser demasiado duros en la crítica, podríamos comenzar a construir una nueva cultura, una en que seamos capaces de reconocer nuestros errores y estemos – sobre todo – dispuestos a enmendarlos. Aquellos que piensan que esos son detalle sin importancia, creo que se equivocan. Es justamente en esos detalles en los que debemos trabajar y aprender a respetar el derecho de tránsito de los otros, a ser mejores ciudadanos, en fin, a involucrarnos y comprometernos con la sociedad para que las relaciones sociales (por muy nimias que éstas parezcan) sucedan en un marco de paz y respeto mutuo.
Un sitio en el que espero poder compartir / comunicar algunas noticias y/o anécdotas, para los amigos, familia, enfin...
martes, marzo 15, 2011
lunes, noviembre 30, 2009
Video vs Fotografía
Con las grabaciones de video, esto es: compresión de recuerdos en forma de imágenes en movimiento y sonido, la aspiración del hombre es demasiado soberbia, es el de apresar la realidad toda en un mundo virtual, por ello, esa carrera no tiene fin… pronto querremos captar en 3D y más adelante se nos ocurrirán cosas todavía más complicadas.
En cambio, con la fotografía, el interés es en apariencia más modesto, ya sean en blanco y negro o en colores, y cada vez con mayor nitidez, con mayor resolución, el hombre colecciona recuerdos en fotografías y así pretende “detener el tiempo”.
Digo que el interés es aparentemente más modesto pues la realidad al ser tan relativa siempre podrá ser concebida y representada como si fuera la realidad, en cambio, la idea de detener el tiempo, siempre absoluto e implacable, resulta una tarea titánica y requiere poderes semejantes a los que tendrían los Dioses.
Y ustedes, ¿qué prefieren?
En cambio, con la fotografía, el interés es en apariencia más modesto, ya sean en blanco y negro o en colores, y cada vez con mayor nitidez, con mayor resolución, el hombre colecciona recuerdos en fotografías y así pretende “detener el tiempo”.
Digo que el interés es aparentemente más modesto pues la realidad al ser tan relativa siempre podrá ser concebida y representada como si fuera la realidad, en cambio, la idea de detener el tiempo, siempre absoluto e implacable, resulta una tarea titánica y requiere poderes semejantes a los que tendrían los Dioses.
Y ustedes, ¿qué prefieren?
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viernes, agosto 21, 2009
Tiempo perdido...
Vuelvo despues de mucho tiempo, a escribir algo para nadie... más de un año ya...
No hay muchas noticias, el tiempo sigue su curso, como siempre.
Los hijos crecen y cada día nos enseñan algo nuevo. Les estoy muy agradecido.
Hasta ahora el 2009 se muestra como uno de esos años que se van sin que uno se de cuenta, y luego de 80, uno los recuerda apenas... como un tiempo perdido.
Sigamos pues... adelante!
No hay muchas noticias, el tiempo sigue su curso, como siempre.
Los hijos crecen y cada día nos enseñan algo nuevo. Les estoy muy agradecido.
Hasta ahora el 2009 se muestra como uno de esos años que se van sin que uno se de cuenta, y luego de 80, uno los recuerda apenas... como un tiempo perdido.
Sigamos pues... adelante!
martes, enero 29, 2008
Latitudes…
Se llama latitud a la medida angular que sobre algún meridiano, va desde la línea del ecuador hasta el paralelo en que se encuentra un lugar sobre la superficie terrestre. Se suele especificar si el ángulo en cuestión se abre en el hemisferio norte o sur, o bien , se denotan como ángulos positivos, las latitudes en el hemisferio norte y como negativos, las del hemisferio sur.
Con cierta regularidad, esa medida angular nos puede informar más o menos respecto de ciertas condiciones climáticas y de paisaje. Así, cuanto más cercana sea la latitud hacia los 90º (norte o sur), más frío habremos de imaginar el lugar o bien, tenderemos a asociar un mayo contraste estacional: primavera, verano, otoño, invierno. En cambio, la cercanía al ecuador nos hace imaginar, en todo caso dos estaciones típicas de las regiones tropicales, la seca y la lluviosa.
A mediados de enero, llego a los 22º 50’ Norte, después de estar en los 17º 23’ Sur, es decir, después de recorrer un arco de 40º y un poco más, sin contar la diferencia entre uno y otro meridiano. El cambio y la contrastación de las circunstancias climáticas me ha llevado a pensar respecto de algunos estereotipos y prejuicios…
Mientras en Cochabamba, donde se supone es el pleno verano, llovía y el ambiente estaba frío, en Zacatecas que es el pleno invierno, tenemos noches frías y algunos días bastante soleados. Y es que Cochabamba, muy cercana a la zona tropical, vive de alguna manera las dos estaciones propias de esas zonas: la seca y la lluviosa; por otro lado, Zacatecas está más influida por lo que es el ecosistema del desierto caracterizada por los extremos: frío nocturno y calor en el día. La coyuntura también es particular, pues algunos días antes de llegar al norte, el frío estaba en auge y ahora calmó un poco.
Otra forma de pensar las diferencias entre Norte y Sur, aunque parezca banal, está en la Navidad, que generalmente se ha asociado a Santa Claus o Papá Noel y los renos, y la nieve y el frío… Empero, un buen número de personas pasan la Navidad en pleno calor, días soleados y simulan la nieve en los árboles de navidad con algún artilugio sintético… Cuando muchos sienten que una “verdadera” navidad es aquella cubierta de nieve, tal vez sientan que los habitantes del sur pasan una navidad “falsa”?, “incompleta”?, más bien o simplemente: distinta.
Tengo la impresión de que muchas de las diferencias que se dan por sentado entre el Norte y el Sur, (o más específica y refinadamente, con la distancia al ecuador, es decir, con la latitud, según algunos geo-deterministas) tienen que ver también con el nivel de desarrollo económico entre países y sociedades. Es decir, mientras más cerca del ecuador, más pobre e incivilizado, más subdesarrollado el grupo social y cuanto más lejos del ecuador, más desarrollado será el mundo. Pero entonces es preciso observar que hay algo de relatividad en el asunto, así, todo norte tiene un sur inmediato, y viceversa. Entonces el norte está en el sur y el sur en el norte: Los grandes y lujosos centros comerciales y en las zonas más ricas de algunas ciudades en los países más pobres o las tristes zonas marginales y de pobreza en grandes y desarrolladas urbes del norte. No quiero dar ejemplos pero muchos tendrán el nombre de algún lugar rondándoles por la mente.
Apuesto que de alguna manera los hombres (otra vez no digo nombres ni clases, pero muchos sospecharán de algunos y algunas) han ido construyendo una maquinaria, que no solamente crea prejuicios sino también realidades que son geografías trastocadas. Y donde antes llovía ahora no, donde había un cielo azul, ahora se ve gris y los amaneceres se pintan con otros colores y otros aromas y algunas desesperanzas demás.
Las latitudes tal vez ya no son lo que eran antes, y solo queda el recuerdo, el estereotipo…
Tal vez solamente espero que si vuelvo a recorrer el arco entre una y otra latitud, las cosas no hayan cambiado mucho, o en todo caso, para bien.
Hasta otro momento, y en algún otro meridiano y/u otra latitud!
Con cierta regularidad, esa medida angular nos puede informar más o menos respecto de ciertas condiciones climáticas y de paisaje. Así, cuanto más cercana sea la latitud hacia los 90º (norte o sur), más frío habremos de imaginar el lugar o bien, tenderemos a asociar un mayo contraste estacional: primavera, verano, otoño, invierno. En cambio, la cercanía al ecuador nos hace imaginar, en todo caso dos estaciones típicas de las regiones tropicales, la seca y la lluviosa.
A mediados de enero, llego a los 22º 50’ Norte, después de estar en los 17º 23’ Sur, es decir, después de recorrer un arco de 40º y un poco más, sin contar la diferencia entre uno y otro meridiano. El cambio y la contrastación de las circunstancias climáticas me ha llevado a pensar respecto de algunos estereotipos y prejuicios…
Mientras en Cochabamba, donde se supone es el pleno verano, llovía y el ambiente estaba frío, en Zacatecas que es el pleno invierno, tenemos noches frías y algunos días bastante soleados. Y es que Cochabamba, muy cercana a la zona tropical, vive de alguna manera las dos estaciones propias de esas zonas: la seca y la lluviosa; por otro lado, Zacatecas está más influida por lo que es el ecosistema del desierto caracterizada por los extremos: frío nocturno y calor en el día. La coyuntura también es particular, pues algunos días antes de llegar al norte, el frío estaba en auge y ahora calmó un poco.
Otra forma de pensar las diferencias entre Norte y Sur, aunque parezca banal, está en la Navidad, que generalmente se ha asociado a Santa Claus o Papá Noel y los renos, y la nieve y el frío… Empero, un buen número de personas pasan la Navidad en pleno calor, días soleados y simulan la nieve en los árboles de navidad con algún artilugio sintético… Cuando muchos sienten que una “verdadera” navidad es aquella cubierta de nieve, tal vez sientan que los habitantes del sur pasan una navidad “falsa”?, “incompleta”?, más bien o simplemente: distinta.
Tengo la impresión de que muchas de las diferencias que se dan por sentado entre el Norte y el Sur, (o más específica y refinadamente, con la distancia al ecuador, es decir, con la latitud, según algunos geo-deterministas) tienen que ver también con el nivel de desarrollo económico entre países y sociedades. Es decir, mientras más cerca del ecuador, más pobre e incivilizado, más subdesarrollado el grupo social y cuanto más lejos del ecuador, más desarrollado será el mundo. Pero entonces es preciso observar que hay algo de relatividad en el asunto, así, todo norte tiene un sur inmediato, y viceversa. Entonces el norte está en el sur y el sur en el norte: Los grandes y lujosos centros comerciales y en las zonas más ricas de algunas ciudades en los países más pobres o las tristes zonas marginales y de pobreza en grandes y desarrolladas urbes del norte. No quiero dar ejemplos pero muchos tendrán el nombre de algún lugar rondándoles por la mente.
Apuesto que de alguna manera los hombres (otra vez no digo nombres ni clases, pero muchos sospecharán de algunos y algunas) han ido construyendo una maquinaria, que no solamente crea prejuicios sino también realidades que son geografías trastocadas. Y donde antes llovía ahora no, donde había un cielo azul, ahora se ve gris y los amaneceres se pintan con otros colores y otros aromas y algunas desesperanzas demás.
Las latitudes tal vez ya no son lo que eran antes, y solo queda el recuerdo, el estereotipo…
Tal vez solamente espero que si vuelvo a recorrer el arco entre una y otra latitud, las cosas no hayan cambiado mucho, o en todo caso, para bien.
Hasta otro momento, y en algún otro meridiano y/u otra latitud!
jueves, enero 24, 2008
La Danza de las Horas
Entre las muchas mil no se cuántas cientas y pico de cosas que a nadie le importa están las múltiples y diversas coincidencias y casualidades que ocurren casi cada instante en nuestras – a veces, miserables – vidas, hay algunas que, aisladas en el laboratorio de las rarezas en algún centro de estudios de lo absurdo, ciertamente resultan sorprendentes. Desde hace algún tiempo me he dado cuenta de algunas de ellas. He aquí la ficha, el reporte pseudo-científico o – si lo prefieren – la crónica roja, para mí “le chien écrasé”, es decir: nada.
El ingenioso invento (o descubrimiento?) del sistema sexagesimal rige el paso de las horas. Las horas se van, nunca esperan, a veces casi en un torrente que corre a raudales, sin que podamos detenerlas, con la mejor de las excusas. Otras veces, impertinentes las horas apenas transcurren como en una procesión con paso funerario aunque uno ruega y sueña y desespera por el tiempo detenido y condensado en el grave gesto de las tristes horas.
Y aunque muchos filósofos y hombres de ciencia, sabios doctores han imaginado a las horas en otras trayectorias más complejas que las simples líneas, las teorías más adelantadas aseguran que ellas deambulan condenadas junto a sus minutos y otro muchos segundos en las fronteras de los días y los meses, en los recovecos de las fechas festivas, cívicas y formales. Sin ninguna gracia, como si fueran arrimados, invitados no esperados, caídos paracaidistas, simples transeúntes, paisanos recién llegados a la gran urbe o inmigrantes-mojados que buscan esquivar discretamente “la migra”, las horas se mueven torpes y entonces soportan real y materialmente el mundo relativo de lo temprano que tenía que ser cuando ya es tarde muy tarde imponiéndose su espíritu rebelde ante precisos y puntuales relojes atómicos, citizen, rolex y de otras clases sociales…
El único sustento empírico para esta – ampliamente reconocida – teoría proviene de los largos e importantes estudios etnográficos realizados por un ejército de soldados oenegeístas en los países en vías de (sub)desarrollo y ha sido documentado en exitosos y taquilleros libros que no puedo osar nombrar aquí: un blog simplón carente de credenciales, escaso de artículos y peor aún, sin visitantes….
Si el conjunto de proposiciones que a continuación presento merece el honor de ser considerado como una teoría, será porque algún lector despistado se lo haya concedido; mientras tanto voy a considerar todo lo que sigue como un descubrimiento casual. Tal vez la casualidad no se hubiera dado si no recordaba por ahí dos eventos/hechos que podrían ser los fundamentos teóricos en los que baso mis apreciaciones respecto del paso de las horas.
a) La película el maquinista, el personaje principal (aprovecho para aplaudir el esfuerzo del actor!) descubre que ha estado viviendo un año en vigilia (o más bien, locura?), en fin, descubre que algo no anda bien, cuando se da cuenta – cada vez que mira el reloj de la cafetería – que siempre es la misma hora!
b) Todavía antes, otra película: What the bleep do we know about it?, vuelve a plantear la pregunta sobre el sentido en el transcurrir del tiempo, lo que implica a su vez, la cuestión de la capacidad de los seres humanos (inteligentes?) de percibir el paso del tiempo, comprender el tiempo y tener conciencia de él. El tiempo, siempre transcurre en un solo sentido?, desde el pasado al presente y de allí al futuro?, como podría ser que el tiempo sea medido por relojes que marcan las 22:29:30 y luego las 22:29:29 (¿?)
Las horas (y esto incluye a su séquito de minutos y segundos, y alguna vez, en complicidad con las fechas del calendario: días y meses), se resisten a seguir el convencional e imaginario camino unívoco y de forma sobriamente-lineal, pero tampoco deambulan perdidas ni caóticas al estilo del movimiento browniano.
Las horas danzan al compás de algún juego maquiavélico, o bien bailan rítmicas y ensoñadoras, casi seductoras. La danza de las horas puede ser alegre y vivaz, moderna, eléctrica, natural, pero también puede ser oscura, trágica, excéntrica, contemporánea y supernatural. Existen series de regularidades que – bien vistas – podrían dar alguna pauta para explicar tal o cual disposición. La pregunta entonces es: por qué las horas asumen tal o cual ritmo?, esta o aquella cadencia?, uno u otro compás? Qué les mueve?, cuál es su motivación. Las horas en su danza nos detienen, nos determinan hiper-estructuralmente. Tarde y/o temprano (literalmente) estamos sujetos a ellas. Por ello, es importante saber: a) su manifestación objetiva o su patrón expresivo y b) sus razones o las causas que generan un cierto tipo de danza.
Consideremos el caso de un reloj, de los más “normales”, de esos digitales (no muy a la moda), de coraza plástica (no es necesario el espectacular titanio). No es imprescindible que tenga algún sistema de iluminación especial, un poco de luz en las noches basta; tampoco es preciso que esté sincronizado con el observatorio astronómico del monte de cronos u otro parecido, ni que tenga alguna batería espectacular de alguna aleación extraña; menos aún serán útiles otras funciones adicionales como la de submarino, alpinista, o sonda espacial. Mucho de esos relojes “normales” marcan la hora en el formato xx horas, yy minutos y zz segundos, de modo tal que un individuo en alguna hora aleatoria del día podría ver una de las 86400 posibilidades teniendo las horas el formato 24 o bien, una de las 43200 posibilidades en el formato 12 (a.m. o p.m.).
Siendo más rigurosos, podríamos escribir la hora (H) como:
H <=> ab:cd:ef
Sujeto a las condiciones (en literal):
• a, b, c, d, e y f son números naturales más el cero
• dado que se trata del sistema sexagesimal para los minutos y segundos
• la combinación de cd y ef es menor a 60, y – dependiendo del formato – la combinación ab debe ser menor que 12 o 24
• lo anterior implica también que tanto c como e, son menores que 6 y dependiendo del formato, a es 0, 1 o 2
Ahora bien, al evaluar la pretendida aleatoriedad de las horas, surgen ciertas “anomalías” al mejor estilo de Matrix. Si realizamos el experimento de observar la hora que marca el reloj en “n” momentos del día, definidos éstos aleatoriamente, no existe – teóricamente – ningún patrón o regularidad entre las horas observadas/registradas.
Operativamente, la aleatoriedad de las observaciones podría ser asimilada a momentos clave (usualmente el inicio o fin) de alguna actividad cotidiana, tal vez el ejemplo más claro es el despertarse en la mañana y/o levantarse de la cama, pero aún si no hubiese funcionado el despertador, la hora podría estar de alguna manera influida por alguna costumbre, por lo que sería preferible utilizar otras actividades menos críticas, menos importantes, más inconscientes, por ejemplo:
• termino de tomar el café
• me conecto a internet
• tomo otro café
• termino un “paper” o artículo
• miro por la ventana
• cierro la oficina
• me bajo del bus
• recibo una llamada telefónica
• digo una palabrota
• retomo la lectura de un buen libro
• etc…
Realizado el experimento, reviso mis notas: tal vez la primera hora me parezca totalmente aleatoria, y la segunda…, pero, para mi sorpresa encuentro algunos registros que me extrañan, del tipo:
• aa:aa:aa
• ab:ab:ab
• ab:cc:ba
• aa:ab:bb
• ab:cd:ef, donde a+1=b; b+1=c; c+1=d; d+1=e y e+1=f
• y otros así de raros…
Por más extraño que pueda parecer, a veces hasta los días y los meses son cómplices de tan extrañas alineaciones y no falta que un 11 de noviembre (11) a las 11 horas y 11 minutos, miras el reloj, y te das cuenta que no solamente el 11 esta en todas partes, pero más bien el 1 (¡!), me queda el consuelo de que no estamos en el 2011 y el año 1111 ya paso… Si es que en realidad paso…
Y lo peor de todo es que todas esas curiosas coincidencias, no solo son frecuentes, si no también: “recurrentes”.
A estas alturas el lector debe pensar que: 1) pueden ser combinaciones casuales, es decir, aunque la probabilidad sea muy pequeña, existe… 2) ¿que importancia tiene eso?
Responder a la primera idea, no tiene mucho sentido, de pronto la misma, archi-conocida y recontra-probada “Ley de Murphy” lo explica todo; pero la segunda idea me lleva a proponer una hipótesis: Las horas no marchan inexorables ni deambulan trágicas. Las horas danzan musicales en un ritmo que influye sobre nuestras actividades y actitudes, sobre nuestra manera de ver y entender el mundo, en fin, sobre nuestras vidas.
Probablemente muchos recuerdan la melodía de La Gioconda, (de A. Ponchielli), ese fragmento que fuera estelarizado por hipopótamos y elefantes en una producción de Walt Disney. Creo que tiene algo que ver con eso, ustedes lo decidirán. Comoquiera que sea, el nombre del fragmento, me enseña que ya otros habían visto La Danza de las Horas…
Creo que la percepción de paso del tiempo y en este caso, de su ritmo, tiene mucho de subjetivo también y la única apuesta que me atrevo a hacer o la única sospecha que tengo al respecto es que en esa danza, las horas quieren algo decir. Descifrar el mensaje no ha de ser tarea sencilla – seguramente.
Hasta aquí, mi absurdas especulaciones y los resultados empíricos (después de observar una secuencia del tipo 8:08, 9:09; 10:10… y ahora noto que el reloj marca las 23:23, todo ello tan solamente me permite concluir que “cada vez se hace más tarde”. Lo más extraño no es que los intervalos sean de 61 minutos, sino que temo que la siguiente hora sea 24:24 (¡!).
Hasta entonces (¿la hora final?) trataré de seguir la pista y descubrir el mensaje-ritmo-cadencia de las horas por venir…
El ingenioso invento (o descubrimiento?) del sistema sexagesimal rige el paso de las horas. Las horas se van, nunca esperan, a veces casi en un torrente que corre a raudales, sin que podamos detenerlas, con la mejor de las excusas. Otras veces, impertinentes las horas apenas transcurren como en una procesión con paso funerario aunque uno ruega y sueña y desespera por el tiempo detenido y condensado en el grave gesto de las tristes horas.
Y aunque muchos filósofos y hombres de ciencia, sabios doctores han imaginado a las horas en otras trayectorias más complejas que las simples líneas, las teorías más adelantadas aseguran que ellas deambulan condenadas junto a sus minutos y otro muchos segundos en las fronteras de los días y los meses, en los recovecos de las fechas festivas, cívicas y formales. Sin ninguna gracia, como si fueran arrimados, invitados no esperados, caídos paracaidistas, simples transeúntes, paisanos recién llegados a la gran urbe o inmigrantes-mojados que buscan esquivar discretamente “la migra”, las horas se mueven torpes y entonces soportan real y materialmente el mundo relativo de lo temprano que tenía que ser cuando ya es tarde muy tarde imponiéndose su espíritu rebelde ante precisos y puntuales relojes atómicos, citizen, rolex y de otras clases sociales…
El único sustento empírico para esta – ampliamente reconocida – teoría proviene de los largos e importantes estudios etnográficos realizados por un ejército de soldados oenegeístas en los países en vías de (sub)desarrollo y ha sido documentado en exitosos y taquilleros libros que no puedo osar nombrar aquí: un blog simplón carente de credenciales, escaso de artículos y peor aún, sin visitantes….
Si el conjunto de proposiciones que a continuación presento merece el honor de ser considerado como una teoría, será porque algún lector despistado se lo haya concedido; mientras tanto voy a considerar todo lo que sigue como un descubrimiento casual. Tal vez la casualidad no se hubiera dado si no recordaba por ahí dos eventos/hechos que podrían ser los fundamentos teóricos en los que baso mis apreciaciones respecto del paso de las horas.
a) La película el maquinista, el personaje principal (aprovecho para aplaudir el esfuerzo del actor!) descubre que ha estado viviendo un año en vigilia (o más bien, locura?), en fin, descubre que algo no anda bien, cuando se da cuenta – cada vez que mira el reloj de la cafetería – que siempre es la misma hora!
b) Todavía antes, otra película: What the bleep do we know about it?, vuelve a plantear la pregunta sobre el sentido en el transcurrir del tiempo, lo que implica a su vez, la cuestión de la capacidad de los seres humanos (inteligentes?) de percibir el paso del tiempo, comprender el tiempo y tener conciencia de él. El tiempo, siempre transcurre en un solo sentido?, desde el pasado al presente y de allí al futuro?, como podría ser que el tiempo sea medido por relojes que marcan las 22:29:30 y luego las 22:29:29 (¿?)
Las horas (y esto incluye a su séquito de minutos y segundos, y alguna vez, en complicidad con las fechas del calendario: días y meses), se resisten a seguir el convencional e imaginario camino unívoco y de forma sobriamente-lineal, pero tampoco deambulan perdidas ni caóticas al estilo del movimiento browniano.
Las horas danzan al compás de algún juego maquiavélico, o bien bailan rítmicas y ensoñadoras, casi seductoras. La danza de las horas puede ser alegre y vivaz, moderna, eléctrica, natural, pero también puede ser oscura, trágica, excéntrica, contemporánea y supernatural. Existen series de regularidades que – bien vistas – podrían dar alguna pauta para explicar tal o cual disposición. La pregunta entonces es: por qué las horas asumen tal o cual ritmo?, esta o aquella cadencia?, uno u otro compás? Qué les mueve?, cuál es su motivación. Las horas en su danza nos detienen, nos determinan hiper-estructuralmente. Tarde y/o temprano (literalmente) estamos sujetos a ellas. Por ello, es importante saber: a) su manifestación objetiva o su patrón expresivo y b) sus razones o las causas que generan un cierto tipo de danza.
Consideremos el caso de un reloj, de los más “normales”, de esos digitales (no muy a la moda), de coraza plástica (no es necesario el espectacular titanio). No es imprescindible que tenga algún sistema de iluminación especial, un poco de luz en las noches basta; tampoco es preciso que esté sincronizado con el observatorio astronómico del monte de cronos u otro parecido, ni que tenga alguna batería espectacular de alguna aleación extraña; menos aún serán útiles otras funciones adicionales como la de submarino, alpinista, o sonda espacial. Mucho de esos relojes “normales” marcan la hora en el formato xx horas, yy minutos y zz segundos, de modo tal que un individuo en alguna hora aleatoria del día podría ver una de las 86400 posibilidades teniendo las horas el formato 24 o bien, una de las 43200 posibilidades en el formato 12 (a.m. o p.m.).
Siendo más rigurosos, podríamos escribir la hora (H) como:
H <=> ab:cd:ef
Sujeto a las condiciones (en literal):
• a, b, c, d, e y f son números naturales más el cero
• dado que se trata del sistema sexagesimal para los minutos y segundos
• la combinación de cd y ef es menor a 60, y – dependiendo del formato – la combinación ab debe ser menor que 12 o 24
• lo anterior implica también que tanto c como e, son menores que 6 y dependiendo del formato, a es 0, 1 o 2
Ahora bien, al evaluar la pretendida aleatoriedad de las horas, surgen ciertas “anomalías” al mejor estilo de Matrix. Si realizamos el experimento de observar la hora que marca el reloj en “n” momentos del día, definidos éstos aleatoriamente, no existe – teóricamente – ningún patrón o regularidad entre las horas observadas/registradas.
Operativamente, la aleatoriedad de las observaciones podría ser asimilada a momentos clave (usualmente el inicio o fin) de alguna actividad cotidiana, tal vez el ejemplo más claro es el despertarse en la mañana y/o levantarse de la cama, pero aún si no hubiese funcionado el despertador, la hora podría estar de alguna manera influida por alguna costumbre, por lo que sería preferible utilizar otras actividades menos críticas, menos importantes, más inconscientes, por ejemplo:
• termino de tomar el café
• me conecto a internet
• tomo otro café
• termino un “paper” o artículo
• miro por la ventana
• cierro la oficina
• me bajo del bus
• recibo una llamada telefónica
• digo una palabrota
• retomo la lectura de un buen libro
• etc…
Realizado el experimento, reviso mis notas: tal vez la primera hora me parezca totalmente aleatoria, y la segunda…, pero, para mi sorpresa encuentro algunos registros que me extrañan, del tipo:
• aa:aa:aa
• ab:ab:ab
• ab:cc:ba
• aa:ab:bb
• ab:cd:ef, donde a+1=b; b+1=c; c+1=d; d+1=e y e+1=f
• y otros así de raros…
Por más extraño que pueda parecer, a veces hasta los días y los meses son cómplices de tan extrañas alineaciones y no falta que un 11 de noviembre (11) a las 11 horas y 11 minutos, miras el reloj, y te das cuenta que no solamente el 11 esta en todas partes, pero más bien el 1 (¡!), me queda el consuelo de que no estamos en el 2011 y el año 1111 ya paso… Si es que en realidad paso…
Y lo peor de todo es que todas esas curiosas coincidencias, no solo son frecuentes, si no también: “recurrentes”.
A estas alturas el lector debe pensar que: 1) pueden ser combinaciones casuales, es decir, aunque la probabilidad sea muy pequeña, existe… 2) ¿que importancia tiene eso?
Responder a la primera idea, no tiene mucho sentido, de pronto la misma, archi-conocida y recontra-probada “Ley de Murphy” lo explica todo; pero la segunda idea me lleva a proponer una hipótesis: Las horas no marchan inexorables ni deambulan trágicas. Las horas danzan musicales en un ritmo que influye sobre nuestras actividades y actitudes, sobre nuestra manera de ver y entender el mundo, en fin, sobre nuestras vidas.
Probablemente muchos recuerdan la melodía de La Gioconda, (de A. Ponchielli), ese fragmento que fuera estelarizado por hipopótamos y elefantes en una producción de Walt Disney. Creo que tiene algo que ver con eso, ustedes lo decidirán. Comoquiera que sea, el nombre del fragmento, me enseña que ya otros habían visto La Danza de las Horas…
Creo que la percepción de paso del tiempo y en este caso, de su ritmo, tiene mucho de subjetivo también y la única apuesta que me atrevo a hacer o la única sospecha que tengo al respecto es que en esa danza, las horas quieren algo decir. Descifrar el mensaje no ha de ser tarea sencilla – seguramente.
Hasta aquí, mi absurdas especulaciones y los resultados empíricos (después de observar una secuencia del tipo 8:08, 9:09; 10:10… y ahora noto que el reloj marca las 23:23, todo ello tan solamente me permite concluir que “cada vez se hace más tarde”. Lo más extraño no es que los intervalos sean de 61 minutos, sino que temo que la siguiente hora sea 24:24 (¡!).
Hasta entonces (¿la hora final?) trataré de seguir la pista y descubrir el mensaje-ritmo-cadencia de las horas por venir…
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