Entre las muchas mil no se cuántas cientas y pico de cosas que a nadie le importa están las múltiples y diversas coincidencias y casualidades que ocurren casi cada instante en nuestras – a veces, miserables – vidas, hay algunas que, aisladas en el laboratorio de las rarezas en algún centro de estudios de lo absurdo, ciertamente resultan sorprendentes. Desde hace algún tiempo me he dado cuenta de algunas de ellas. He aquí la ficha, el reporte pseudo-científico o – si lo prefieren – la crónica roja, para mí “le chien écrasé”, es decir: nada.
El ingenioso invento (o descubrimiento?) del sistema sexagesimal rige el paso de las horas. Las horas se van, nunca esperan, a veces casi en un torrente que corre a raudales, sin que podamos detenerlas, con la mejor de las excusas. Otras veces, impertinentes las horas apenas transcurren como en una procesión con paso funerario aunque uno ruega y sueña y desespera por el tiempo detenido y condensado en el grave gesto de las tristes horas.
Y aunque muchos filósofos y hombres de ciencia, sabios doctores han imaginado a las horas en otras trayectorias más complejas que las simples líneas, las teorías más adelantadas aseguran que ellas deambulan condenadas junto a sus minutos y otro muchos segundos en las fronteras de los días y los meses, en los recovecos de las fechas festivas, cívicas y formales. Sin ninguna gracia, como si fueran arrimados, invitados no esperados, caídos paracaidistas, simples transeúntes, paisanos recién llegados a la gran urbe o inmigrantes-mojados que buscan esquivar discretamente “la migra”, las horas se mueven torpes y entonces soportan real y materialmente el mundo relativo de lo temprano que tenía que ser cuando ya es tarde muy tarde imponiéndose su espíritu rebelde ante precisos y puntuales relojes atómicos, citizen, rolex y de otras clases sociales…
El único sustento empírico para esta – ampliamente reconocida – teoría proviene de los largos e importantes estudios etnográficos realizados por un ejército de soldados oenegeístas en los países en vías de (sub)desarrollo y ha sido documentado en exitosos y taquilleros libros que no puedo osar nombrar aquí: un blog simplón carente de credenciales, escaso de artículos y peor aún, sin visitantes….
Si el conjunto de proposiciones que a continuación presento merece el honor de ser considerado como una teoría, será porque algún lector despistado se lo haya concedido; mientras tanto voy a considerar todo lo que sigue como un descubrimiento casual. Tal vez la casualidad no se hubiera dado si no recordaba por ahí dos eventos/hechos que podrían ser los fundamentos teóricos en los que baso mis apreciaciones respecto del paso de las horas.
a) La película el maquinista, el personaje principal (aprovecho para aplaudir el esfuerzo del actor!) descubre que ha estado viviendo un año en vigilia (o más bien, locura?), en fin, descubre que algo no anda bien, cuando se da cuenta – cada vez que mira el reloj de la cafetería – que siempre es la misma hora!
b) Todavía antes, otra película: What the bleep do we know about it?, vuelve a plantear la pregunta sobre el sentido en el transcurrir del tiempo, lo que implica a su vez, la cuestión de la capacidad de los seres humanos (inteligentes?) de percibir el paso del tiempo, comprender el tiempo y tener conciencia de él. El tiempo, siempre transcurre en un solo sentido?, desde el pasado al presente y de allí al futuro?, como podría ser que el tiempo sea medido por relojes que marcan las 22:29:30 y luego las 22:29:29 (¿?)
Las horas (y esto incluye a su séquito de minutos y segundos, y alguna vez, en complicidad con las fechas del calendario: días y meses), se resisten a seguir el convencional e imaginario camino unívoco y de forma sobriamente-lineal, pero tampoco deambulan perdidas ni caóticas al estilo del movimiento browniano.
Las horas danzan al compás de algún juego maquiavélico, o bien bailan rítmicas y ensoñadoras, casi seductoras. La danza de las horas puede ser alegre y vivaz, moderna, eléctrica, natural, pero también puede ser oscura, trágica, excéntrica, contemporánea y supernatural. Existen series de regularidades que – bien vistas – podrían dar alguna pauta para explicar tal o cual disposición. La pregunta entonces es: por qué las horas asumen tal o cual ritmo?, esta o aquella cadencia?, uno u otro compás? Qué les mueve?, cuál es su motivación. Las horas en su danza nos detienen, nos determinan hiper-estructuralmente. Tarde y/o temprano (literalmente) estamos sujetos a ellas. Por ello, es importante saber: a) su manifestación objetiva o su patrón expresivo y b) sus razones o las causas que generan un cierto tipo de danza.
Consideremos el caso de un reloj, de los más “normales”, de esos digitales (no muy a la moda), de coraza plástica (no es necesario el espectacular titanio). No es imprescindible que tenga algún sistema de iluminación especial, un poco de luz en las noches basta; tampoco es preciso que esté sincronizado con el observatorio astronómico del monte de cronos u otro parecido, ni que tenga alguna batería espectacular de alguna aleación extraña; menos aún serán útiles otras funciones adicionales como la de submarino, alpinista, o sonda espacial. Mucho de esos relojes “normales” marcan la hora en el formato xx horas, yy minutos y zz segundos, de modo tal que un individuo en alguna hora aleatoria del día podría ver una de las 86400 posibilidades teniendo las horas el formato 24 o bien, una de las 43200 posibilidades en el formato 12 (a.m. o p.m.).
Siendo más rigurosos, podríamos escribir la hora (H) como:
H <=> ab:cd:ef
Sujeto a las condiciones (en literal):
• a, b, c, d, e y f son números naturales más el cero
• dado que se trata del sistema sexagesimal para los minutos y segundos
• la combinación de cd y ef es menor a 60, y – dependiendo del formato – la combinación ab debe ser menor que 12 o 24
• lo anterior implica también que tanto c como e, son menores que 6 y dependiendo del formato, a es 0, 1 o 2
Ahora bien, al evaluar la pretendida aleatoriedad de las horas, surgen ciertas “anomalías” al mejor estilo de Matrix. Si realizamos el experimento de observar la hora que marca el reloj en “n” momentos del día, definidos éstos aleatoriamente, no existe – teóricamente – ningún patrón o regularidad entre las horas observadas/registradas.
Operativamente, la aleatoriedad de las observaciones podría ser asimilada a momentos clave (usualmente el inicio o fin) de alguna actividad cotidiana, tal vez el ejemplo más claro es el despertarse en la mañana y/o levantarse de la cama, pero aún si no hubiese funcionado el despertador, la hora podría estar de alguna manera influida por alguna costumbre, por lo que sería preferible utilizar otras actividades menos críticas, menos importantes, más inconscientes, por ejemplo:
• termino de tomar el café
• me conecto a internet
• tomo otro café
• termino un “paper” o artículo
• miro por la ventana
• cierro la oficina
• me bajo del bus
• recibo una llamada telefónica
• digo una palabrota
• retomo la lectura de un buen libro
• etc…
Realizado el experimento, reviso mis notas: tal vez la primera hora me parezca totalmente aleatoria, y la segunda…, pero, para mi sorpresa encuentro algunos registros que me extrañan, del tipo:
• aa:aa:aa
• ab:ab:ab
• ab:cc:ba
• aa:ab:bb
• ab:cd:ef, donde a+1=b; b+1=c; c+1=d; d+1=e y e+1=f
• y otros así de raros…
Por más extraño que pueda parecer, a veces hasta los días y los meses son cómplices de tan extrañas alineaciones y no falta que un 11 de noviembre (11) a las 11 horas y 11 minutos, miras el reloj, y te das cuenta que no solamente el 11 esta en todas partes, pero más bien el 1 (¡!), me queda el consuelo de que no estamos en el 2011 y el año 1111 ya paso… Si es que en realidad paso…
Y lo peor de todo es que todas esas curiosas coincidencias, no solo son frecuentes, si no también: “recurrentes”.
A estas alturas el lector debe pensar que: 1) pueden ser combinaciones casuales, es decir, aunque la probabilidad sea muy pequeña, existe… 2) ¿que importancia tiene eso?
Responder a la primera idea, no tiene mucho sentido, de pronto la misma, archi-conocida y recontra-probada “Ley de Murphy” lo explica todo; pero la segunda idea me lleva a proponer una hipótesis: Las horas no marchan inexorables ni deambulan trágicas. Las horas danzan musicales en un ritmo que influye sobre nuestras actividades y actitudes, sobre nuestra manera de ver y entender el mundo, en fin, sobre nuestras vidas.
Probablemente muchos recuerdan la melodía de La Gioconda, (de A. Ponchielli), ese fragmento que fuera estelarizado por hipopótamos y elefantes en una producción de Walt Disney. Creo que tiene algo que ver con eso, ustedes lo decidirán. Comoquiera que sea, el nombre del fragmento, me enseña que ya otros habían visto La Danza de las Horas…
Creo que la percepción de paso del tiempo y en este caso, de su ritmo, tiene mucho de subjetivo también y la única apuesta que me atrevo a hacer o la única sospecha que tengo al respecto es que en esa danza, las horas quieren algo decir. Descifrar el mensaje no ha de ser tarea sencilla – seguramente.
Hasta aquí, mi absurdas especulaciones y los resultados empíricos (después de observar una secuencia del tipo 8:08, 9:09; 10:10… y ahora noto que el reloj marca las 23:23, todo ello tan solamente me permite concluir que “cada vez se hace más tarde”. Lo más extraño no es que los intervalos sean de 61 minutos, sino que temo que la siguiente hora sea 24:24 (¡!).
Hasta entonces (¿la hora final?) trataré de seguir la pista y descubrir el mensaje-ritmo-cadencia de las horas por venir…
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