martes, marzo 15, 2011

Las desventuras de un simple peatón

Hace mucho tiempo, mi hermano Néstor me sugirió la idea de que todas las personas deberían tener una licencia para caminar en las calles o algo similar. Por supuesto, me llamó mucho la atención su propuesta, sobre todo por lo extravagante que parece a primera vista, por las implicaciones de "control" y en cierta medida "fascistas" de otorgar licencias para caminar, respirar y hasta suspirar... en fin, por la difícil que sería poner en práctica esa idea en una sociedad como la nuestra (país en vías de sub-desarrollo, etc.).

En nuestra discusión le había recordado la anécdota que algún anónimo amigo me contara (veraz o no) del caso chileno. Muy ufanos algunos de ellos cuentan que los peatones chilenos son tan respetuosos de las normas que solamente cruzan las calles por la "piel de cebra" o paso peatonal pintado en las calles (queda implícita la idea de que todas las calles tiene claramente marcado dicho paso peatonal!), ante mi asombro, me contaba también que la manera en que se había logrado dicho adelanto civilizatorio era a través de la asistencia de la fuerza pública (policía), así, cada vez que algún despistado y/o irresponsable peatón pretendía cruzar la calle por otro lugar que el permitido, un agente usaba el tolete y castigaba ahí mismo y sin preámbulos al osado ciudadano, seguramente a muchos nos habría bastado ver un par de veces semejante escena para que por ningún motivo olvidáramos la regla.

Como a muchos me gusta la idea de que todas las personas puedan desenvolver sus actividades sin molestar a otros y entiendo que las reglas deberían servir para ordenar las acciones y evitar que por cualquier motivo unos avasallen los derechos de otros. Pero también pensaba que si el precio a pagar por ese "orden" fueran los varios golpes de los agentes de la policía, prefería el estado semi-salvaje, semi-anárquico y/o subdesarrollado en que estamos todavía sumidos.
Sin embargo, la idea de mi hermano tenía que ver con la existencia de serios problemas de relación entre peatones, entre peatones y vehículos y que luego yo extrapolo a las relaciones sociales en general, a las ideas subyacentes sobre los derechos y obligaciones de los demás. Pero vamos por partes.
Dejando de lado los aspectos “estructurales” del problema, así como las respectivas soluciones estructurales (Cualquiera que conozca Cochabamba o muchas de las ciudades bolivianas o muchos “centros históricos”, sabrá que las aceras (veredas, banquetas) son demasiado estrechas para el flujos – muchas veces voluminoso – de peatones y que una posible solución pasaría por invertir en la construcción de aceras más amplias (ya sea reduciendo el ancho de las calles, convirtiéndolas en peatonales, o bien reduciendo los predios, ampliando la rasante). De todas formas, esta posible solución estructural solamente sería parcial, como se explica más adelante.) quisiera concentrarme en el asunto más bien individual, o micro.

1.- Típico caso del encuentro de peatones y baile consecuente: dos peatones en una acera relativamente vacía y amplia (imaginemos que existen dos carriles por los que pueden circular los peatones), se encuentran de frente. Las razones, el uno más distraído que el otro, o bien, ambos decididos a permanecer en su carril esperando que sea el otro el que cambie de carril (Existen algunas normas informales que en algunas ocasiones se cumplen: a) ceder el paso según una “jerarquía” definida por el grado de capacidad, así, se asume que un adulto de edad media es más capaz que un anciano y/o un niño, entonces, el adulto joven debería ceder el paso; b una racionalidad conservadora plantearía que el “valor” de una persona estaría dado simplemente con la edad, por tanto, tendría preferencia de paso el que más edad aparente; c) otra racionalidad de tipo romántica, establece que el paso preferente es para las damas, y probablemente más preferentemente aún para las damas más hermosas, es más, las reglas de urbanidad en tal respecto pedían que la dama caminara del lado derecho del varón, para que – en caso de peligro - éste pudiera sacar rápida y fácilmente la defensora espada y así proteger el preciado tesoro, por otro lado, la costumbre de ceder a las damas el lado de los muros y que el varón se mantenga del lado de la calle parece reflejar la lógica de protección (contra los vehículos o en todo caso, que la dama disfrute de la sombra de los muros, etc.), y tiene su origen en la época medieval (¿?) en que desde los altos arrojaban las aguas servidas y el varón evitaba que dichas aguas alcancen a la dama d) finalmente desde una racionalidad clasista, bastante común en sociedades con estructuras coloniales, la preferencia de paso la tendría el más poderoso, de hecho, relata Arnade el caso de los soberbios oidores que ante su paso por las calzadas de Charchas, todos los demás peatones debían no solamente ceder el paso, sino bajarse de ella; tal parece que es justamente la lógica del poder (la ley del más fuerte) la que sigue imperando hoy día.); como sea, a veces se da la cómica situación en que ambos se mueven simultánea y alternativamente a un lado y al otro y visto de lejos parecería que ambos están en un extraño baile.

2.- Típico caso de una vereda con n carriles y n personas caminado por él, por ejemplo, en una vereda con dos carriles, dos peatones conversan amenamente, a veces discuten o nada, pero sencillamente se han olvidad que existen los “otros”, ya sea que por el frente o desde atrás y con paso más rápido pretenden seguir su camino. Casi siempre sucede que deben los tres encontrarse y detenerse para que – según el respectivo humor - se resuelva el problema, ya sea que el equipo de dos que caminar codo a codo decida formarse uno detrás del otro y así “liberar” un carril para que pase el que viene de frente, otras veces, inmutables el dúo estático a duras penas y hasta con cierto aire generoso logra abrir “medio carril” para que pueda pasar el tercero. No falta el apurado que ante la velocidad del dúo estático, debe dar algún ágil salto a la calle para volver a ganar la acera algunos pasos después, el que viene detrás del dúo, a veces intenta un “permiso por favor” entre tímido y dubitativo debe esperar todavía media cuadra para que lo escuchen y respondan sus casi-súplicas, no faltará en agresivo que grite “¡paso!” y deje fluir un halo de violencia que – por supuesto – podría llevar a discusiones, gritos, peleas, en fin.

3.- Típico caso del apurado, que está sumamente atrasado para alguna cita, reunión o tarea. ¿Responsable?, ¿Irresponsable?, como quiera que sea, está tan apurado que no tiene paciencia y camina empujando a los demás, abriéndose paso a toda costa. El ejecutivo exitoso cree que solamente él trabaja y no le alcanza el tiempo se lamenta por vivir en una sociedad de tortugas que no tienen nada que hacer y vagan por las calles prácticamente bloqueándolas. Con pasos agigantados devora distancias sin importarle los derechos de los demás, solamente importa su tiempo. Típica actitud egoísta.

4.- Típico caso del distraído, errante, vagabundo, turista, paseante. Tiene todo el tiempo del mundo y camina con pasos cortos, inciertos, impredecibles, variables y sobre todo, lentos. Probablemente es alguien que espera a otro (el apurado), es alguien que hoy no tiene nada que hacer (mañana será el apurado), o finalmente es alguien que “busca algo y no sabe qué” o bien “busca algo y estaba por ahí pero ya no está”. Como quiera que sea, lo errático de sus pasos le hace a) variar la velocidad al caminar, b) cambiar de carril inesperadamente y c) adoptar cursos inesperados, lo que termina por convertirlo en un verdadero obstáculo para los otros. Todo empeora cuando el distraído no tiene ni el más remoto interés en darse cuenta que existen “otros” (en especial los apurados) que deben realizar maniobras in/desesperadas y a veces por demás atléticas para evitar golpearlo. Peor aún, como el apurado, él también piensa que los demás (sobre todo los apurados) son los torpes y que se encuentran esclavizados por el tiempo, que no saben administrarlo que todos se equivocan, excepto él. Típica actitud egoísta.

5.- Típico caso del “portador”, que lleva en el mejor de los casos, mil bolsas y un par de niños y que apenas puede moverse, menos aún ponerse de perfil. En tal caso no queda más que ser tolerantes y en lo posible facilitar el tránsito de esas personas. En el peor de los casos es alguien que apenas lleva un bolso, o cualquier otro objeto que pudiendo ser acomodado de tal manera que no estorbe a otros transeúntes, es justamente colocado y/o manipulado como para ocupar al menos medio carril más. El lector recordará alguna vez haber visto alguna dama muy oronda con el enorme bolso bajo el brazo en una angosta vereda, o algún malabar con una caja bajo el brazo, de tal suerte que logran bloquear la vereda en toda su amplitud. Otra escena es la del paraguas, cuyo portador se preocupa en usarlo bien para su propio beneficio sin importar que golpee a otros peatones, que además de la lluvia y deben cuidarse de los paraguas.

Pero, como ya lo he sugerido, lo peor no es que el típico caso se presente si no más bien la reacción de los peatones: indiferencia, indolencia, negligencia total. Cuando algunos por casualidad se dan cuenta de su contribución al caos, apenas pueden reaccionar diciendo 1.- La Alcaldía debería hacer veredas más amplias (culpa a las estructuras), 2.- La culpa es de los apurados / lentos / distraídos (culpan a otros), 3.- ¿De eso se molesta?, ¿qué le cuesta bajarse de la vereda, hacerse a un lado? (la responsabilidad es de los otros) ¿y por qué no podría él mismo, bajarse, hacerse a un lado?, claro, cado uno siente que tiene privilegios respecto del otro, que “merece la preferencia de paso”. El colmo del asunto llega cuando el “otro” que “sospecha” que sus derechos han sido atropellados, pretende reclamarlos y solamente recibe una respuesta airada. Es decir, me ha tocado ver situaciones en que aquél que comete la falta, ni siquiera siente un poco de vergüenza, no lamenta para nada su conducta y no siente que debería pedir disculpas. Al contrario, se siente ultrajado y está dispuesto a devolver el golpe en la misma o mayor intensidad. Es sin duda, ¡el colmo!

Y uno podría preguntarse ¿para qué discutir?, ¿para qué siquiera tomarse la molestia de llamar la atención al que ha incurrido en la falta?, ¿existe acaso algún beneficio? La respuesta es si. Creo, estoy seguro, que en la medida en que seamos capaces de identificar las faltas de los demás y sobre todo nuestras propias faltas, sin necesidad de insultar o ser demasiado duros en la crítica, podríamos comenzar a construir una nueva cultura, una en que seamos capaces de reconocer nuestros errores y estemos – sobre todo – dispuestos a enmendarlos. Aquellos que piensan que esos son detalle sin importancia, creo que se equivocan. Es justamente en esos detalles en los que debemos trabajar y aprender a respetar el derecho de tránsito de los otros, a ser mejores ciudadanos, en fin, a involucrarnos y comprometernos con la sociedad para que las relaciones sociales (por muy nimias que éstas parezcan) sucedan en un marco de paz y respeto mutuo.

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