jueves, diciembre 06, 2007

Un relato en tres tiempos y cachito de algunas cosas que siempre pasan en los viajes…

De viaje otra vez…. Además de los kilos en exceso que traje conmigo… me sigo acordando de otros excesos, defectos, incongruencias e improvisaciones que todavía no logro entender.

Se va la primera…

Una línea aérea local, un rincón perdido en el norte, dos maletas de peso rebosante, un pasajero confiado en la confirmación verbal de algún empleado acerca de la factibilidad del transporte… pero no, no fue así. Primera alternativa: trasladar el exceso al equipaje de mano, una modesta y tímida maletita que – por cierto – está atestada de libros y otros enseres personales. No nos sentimos capaces de desafiar las leyes de la física. Entonces, toca pagar la multa. Existe otra solución más barata, enviar una maleta por el servicio de paquetería de la misma empresa, en teoría, saldría en el mismo avión y llegaría a destino al mismo tiempo. Pero NO, uno no puede enviarse nada a sí mismo, porque el remitente = destinatario, tiene un viaje al exterior en ciernes. Toca pedir a un desconocido, vagabundo peatón que pasa por ahí… que me envíe la maleta, por suerte allí esta una amiga, gracias por el socorro.

Se va la segunda…

En la gran ciudad, en el gran aeropuerto, la gran aerolínea que vuela al gran extranjero se muestra grandemente hospitalaria y profesional a la vez. No hay filas, dejo las maletas para hacer el ultra-famosísimo “Check-in”. Pero se me advierte que en la escala técnica (programada en una de las más grandes capitales Latinoamericanas: Miami) deberé recoger las maletas y volverlas a documentar… tenaz!, pregunto entonces ¿por qué? ----------------- [silencio]. Por supuesto, tocó pagar la consabida multa, esta vez, en la moneda latinoamericana: US$
Tal vez ya sospechan el final de la historia: llegué a destino, a toda prisa, recogí y llevé por uno y otro lado las maletas y apenas tuve tiempo, de pasar por la rigurosa y grave inspección migratoria, para abordar el avión. ¡Vaya carrera!

La tercera, ¿es la vencida?

Ya en el avión, tan repleto como el metro en el DF en hora pico, todo parece seguir su curso. De pronto el dolor de cabeza, imprevisto como siempre grita ¡al abordaje!... El ritmo, in crescendo y luego, un grito de desesperación a la azafata: ¿tiene una aspirina? Pero No, no hay….y me pregunto ¿por qué no me traje alguna? Cierto, después del 11 de septiembre aquel, todo se ha hecho difícil, uno debe tener la receta médica para cualquier medicamento. Hago el esfuerzo de imaginarme pidiendo a algún médico la receta para la aspirina y cuando lo consigo, imagino al agente de seguridad pidiéndome la copia legalizada del diploma académico del galeno que firma la receta, y si no es un título de Hartad o algo parecido, tendré que presentar la copia legalizada (y oficialmente traducida, si fuera el caso) del certificado de trabajo del susodicho, así como pruebas certificadas de que ha sido Bayer y no otra la empresa que fabricó la medicina, y que ésta no ha sido alterada por ningún medio ni mecánico ni… termino por querer maldecir a alguien… pero toca soportar el dolor de cabeza. Buen momento para practicar la meditación…

Epílogo

Llegué a casa, o lo que será mi residencia por algún tiempo. Es bueno volver a ver a quienes más quieres en el mundo, abrazar a los tuyos… Solamente una nube gris persiste en las inmediaciones: cuando tenga que volver a hacer maletas y emprender viaje de nuevo. ¿Qué otras incongruencias bizarras me esperan?

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